Le quiero.
No pasa un solo día sin que alguno de sus amigotes me diga en tono guasón: ay… como se nota el amor… y yo enrojezca como si fuera una quinceañera.
En realidad no me importa reconocerlo, él me hace feliz y lo gritaría a los cuatro vientos. Ayer jugamos a los dedos, ya sabes, ese donde dos pulgares se baten hasta atrapar al contrario y el regalo de la victoria es que te aprisione "el gordito" de las manos más fuertes.
Me gusta todo de él, desde la cabeza, aunque grande y firme, hasta sus antagónicos pies,tan pequeños que parece como si fuese a caer en cualquier momento .
El otro día me preguntó:
- Sara, si fueras un animal, ¿cuál te gustaría ser?
- No sé, supongo que un perro, es el mejor amigo del hombre, y de la mujer ¡ojo! que no me gusta ser machista. ¿Y tú? –me apresuré.
- A mí me gustaría ser un águila, es elegante, y lo ves todo desde arriba- contestó mientras jugueteaba con nuestras alturas y aplastaba su mano sobre mi cabeza
- ¡Entonces no nos veríamos nunca! Protesté.
- Ayyy Sarita… me dijo besándome la frente y acariciándome el hombro.
Entonces lo vi claro, las águilas no tienen que vivir tan mal, son más libres y no tienen dueño, supongo que podría ser una de esas...
Él no me quiere.
De lo más metafórico.
ResponderEliminarBuen micro, An.
Ps.- Sí, sí... nos vemos pronto.
Perro o águila, querer o no querer, domesticarse o volar libre, una disyuntiva que nos planteamos todos los días y que cada día, a cada instante, tiene una solución diferente.
ResponderEliminarCuando se sueña con diferentes cosas... se acaban proyectando diferentes vidas.
ResponderEliminarNo, no te quiere.
Salud.