Por fin lo comprendió, miró al frente y con un suspiro le dijo a la chita callando, que sabía lo que había estado gestando para su vida. Tan sólo Tila, Hierba Luisa y Valeriana, esperaban que pasara aquello en lo que ella había soñado sin saberlo. Detrás del mostrador abrió la caja torpemente, para realizar su primera operación. Quizás, la calculadora científica entre senos y cosenos, no acertaba a resolver que Ansia prefería estar entre melones y ramitas de perejil, sin tilde en la í. Se puso el mandil y le dijo dulcemente a su primera clienta (pues era demasiado pronto para hacerse la tosca):
- ¿Qué quiere usted doña…?
- Bella, soy Bella niña, así me llaman todas en el barrio- vociferó una mujer en jarras.
- Encantada, soy Ansia, su nueva frutera.
- ¿Qué le pongo?-dijo, con una sonrisa, a sabiendas de que la próxima vez que le comandara respondería a la cálida frase de “Oye Ansia, ponme lo de siempre”